El semáforo en Paseo de Gracia con Gran Vía está en rojo. Me paro y espero junto con el resto de peatones. A los pocos segundos, el semáforo que regula el paso de los coches que llegan por nuestra derecha pasa a ámbar y después a rojo. A unos escasos dos metros delante de mi, una chica se interna en el paso de peatones sin esperar que el semáforo nos de paso (yo lo hago todos los días en el de Plaza Universidad). En una milésima de segundo, apareciendo de la nada, un autobús a toda velocidad aparece por la izquierda y pasa delante de la chica, a centímetros (si llega) de ella.
No ha muerto de milagro. Se ha quedado completamente paralizada, como casi todos los que la rodeábamos. No he tenido ni tiempo ni reflejos para sacar las manos de los bolsillos. Se me ha escapado un “no” en un susurro. No por intentar avisarla, sino más bien porque realmente la he visto atropellada y no acababa de aceptar la idea. Algo parecido a lo que sientes cuando un castillo está a punto de caer… notas que algo no está bien, un aguantar la respiración de la gente que te rodea, un “prepárate” sin palabras…
Dicen que cuando estás en verdadero peligro tienes la sensación de que todo va a cámara lenta. Según parece, el efecto es real. Se debe a una reacción del cerebro que ante el peligro intenta procesar más información (fotogramas por segundo) para intentar buscar alternativas que le permitan sobrevivir. Y creo que es cierto. El autobús ha pasado a toda pastilla (seguramente se ha saltado el semáforo en rojo y por encima del límite) pero parecía que todo avanzaba a la mitad de la velocidad normal.
Leyendo esto ahora puede parecer que estoy exagerando, pero es que me he llevado un susto de muerte (y no me quiero imaginar el de la chica). Cuando ha conseguido reaccionar sólo podía tartamudear “estaba en verde…” como si repitiéndolo pudiera redimirse de la tontería que había estado a punto de costarle la vida.
Madre mía que susto… =/ Niños, cruzad en verde y mirad a los dos lados…
